Hiel(o)

17.5.17

La carta, manchada de café y lágrimas, se alzó al vuelo. Frunció el ceño. Sus manos huesudas se agarraron a las ramas del árbol, y sus piernas escalaron el tronco con facilidad. Se tumbó sobre su rama favorita, la que apuntaba a la ventana de su amado. Encendió un cigarrillo y se quedó mirando la ciudad. Miles de luces, miles de coches, miles de personas… y solo le importaba una. Sacó el móvil del bolsillo y comenzó a marcar su número. Un tono ...dos tonos… tres tonos… venga, cógelo. Nada. De repente, un pitido. Un mensaje de un número desconocido: “Le contactamos porque es usted el contacto de emergencias de…”. No podía respirar. Un pitido ensordecedor resonó en sus oídos. Un golpe seco. Su móvil yacía a su lado en la hierba, la pantalla partida en miles de pedazos. Se encogió como un animal indefenso y cerró los ojos con fuerza. Cuando las lágrimas ya se habían secado en sus mejillas, entendió que no iba a despertarse; aquello era real.

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